DULCE DE HIGO

Wednesday, September 20, 2006

Quiero saber cuantas miradas me caben en un minuto, el primer método resultó un fracaso, conté mis dedos, la pluma, tres montones de cabellos, las grietas de mi mano, mi señal divina,
dos mosaicos del piso, la sobrecama, una bocina y tres cajas apiladas. Al diez que fueron las cajas
perdí la cuenta porque entre tanto objeto común, se intercaló el color del aire, que hoy está amarillo, el ojo de rinoceronte que siempre está llorando, la dentadura de mi abuela que tiene pegada la palabra memoria, aunque ya le falta la o y la a. Cuento el color de tu ausencia que hoy es morada, y veo a hamblet que hoy no está celoso. Mi mirada sigue a un caballo alado, que hoy vuela con una bella melodía del pasado.

Así que concluí que si no alcanzé a contar las miradas que abarcan un minuto, como saber las que llevo vistas durante todos estos tiempos.

ANTOJO


No se me antoja el caviar,
ni la fresas con chocolate,
tampoco quiero beber
del alguna cava de preciado vino.

Te me antojas tú
al mojo de ajo
en sushi,
con frijoles y queso,
en salsa verde,
dentro de un agua de jamaica
conservado en dulce de higo.
Con sabor a vino rosado.

Te me antojas tú
en todas tus presentaciones
en polvo, enlatado, ensimismado,
descarriado, en estado líquido o
gaseoso.

Para comerte, para beberte
para besarte: El platillo principal eres tú.

Mis dedos son nudos de rescate entre sus manos. No lo suelto, no lo quiero soltar.
Y la voz se me escapa, le pido que no se vaya, no durante esos minutos, los únicos. Pero usted señor de elegantes maneras, comienza a desatar mis dedos hasta quedar completamente libre y a salvo del precipio.

Entonces da comienzo a su danza solitaria y toma del piso sus ojos, del colchón recoge su camisa, entre mi cabello encuentra su lengua, se arrastra al lavado para tomar sus piernas y beber un poco de agua, del cajoncito en el buró extrae su sonrisa y la cartera, en el ropero -le digo-, esta su saco debidamente colgado. Mientras yo cobijo mi cruda que no puede despertar
todavía.

Incluirse pantalón, zapatos, calcetines, le lleva unos minutos. Finalmente toma el saco y descubre dentro de una de las bolsas un corazón que no le pertenece. Usted lleva el suyo muy bien puesto. Se ve al espejo, esta radiante y a punto de recuperar su camino, pero antes no olvida dejar lo que no le corresponde y sobre el buró coloca cuidadosamente aquel corazón encontrado, al final deja a la lámpara un dulce beso y afectuosamente les dice adiós a las cortinas, en lo que a mi corresponde, solo me deja una breve mirada de las que no se atreven a decir: Nunca más, y solo alcanzó a cubrirla entre las sábanas para hacernos compañia.

IV

Y quien podría decirme
que no eras tú. El que se
fué con la camarera de
piernas largas, antes de
abrir la puerta.

Abro la ventana, que
destila olor a sexos
recién conocidos,
desprendo de las sábanas
los cuerpos desmembrados
y desnudos
de amantes
ya difuminados.

Enciendo la luz y
se prende la soledad.
Seco cada gota de sudor
abandonada en el piso
y con todas ellas formo un mar.

Guardo en la basura,
condones, prudencia, fidelidad y
algunos deseos incumplidos.

Este recién adquirido trabajo
no me disgustaría , si no me
hubieras olvidado en la puerta
y al salir me dijeras
"gracias camarera".
 
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