
Mis dedos son nudos de rescate entre sus manos. No lo suelto, no lo quiero soltar.
Y la voz se me escapa, le pido que no se vaya, no durante esos minutos, los únicos. Pero usted señor de elegantes maneras, comienza a desatar mis dedos hasta quedar completamente libre y a salvo del precipio.
Entonces da comienzo a su danza solitaria y toma del piso sus ojos, del colchón recoge su camisa, entre mi cabello encuentra su lengua, se arrastra al lavado para tomar sus piernas y beber un poco de agua, del cajoncito en el buró extrae su sonrisa y la cartera, en el ropero -le digo-, esta su saco debidamente colgado. Mientras yo cobijo mi cruda que no puede despertar
todavía.
Incluirse pantalón, zapatos, calcetines, le lleva unos minutos. Finalmente toma el saco y descubre dentro de una de las bolsas un corazón que no le pertenece. Usted lleva el suyo muy bien puesto. Se ve al espejo, esta radiante y a punto de recuperar su camino, pero antes no olvida dejar lo que no le corresponde y sobre el buró coloca cuidadosamente aquel corazón encontrado, al final deja a la lámpara un dulce beso y afectuosamente les dice adiós a las cortinas, en lo que a mi corresponde, solo me deja una breve mirada de las que no se atreven a decir: Nunca más, y solo alcanzó a cubrirla entre las sábanas para hacernos compañia.

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